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martes, 14 de mayo de 2013


DECÁLOGO SOBRE PENTECOSTÉS
1. PENTECOSTES es COMUNIDAD. El Espíritu Santo une lo que está resquebrajado; acerca lo que está distante. Siempre existen más motivos para la unión que para la dispersión. ¿Por qué no buscas más lo que adhiere y no separa?
2. PENTECOSTES es VIDA. El cielo, una vez más, abre sus puertas y –a través de ellas- desciende la voz de Dios, su fuerza y su poder. ¿Guardas silencio en y con tu vida?
3. PENTECOSTES es CONFIRMACION. El cristiano se siente acompañado y protegido por la mano del Señor. Siente que no está sólo, Alguien le sostiene. ¿Te dejas llevar frecuentemente por el puro y duro activismo?
4. PENTECOSTES es ALEGRIA. Frente a las dificultades, el Espíritu, nos hace ver el otro lado afable de la vida. No todo es tan negro como el mundo nos enseña. ¿Eres optimista o has plegado las alas de tu ilusión?
5. PENTECOSTES es VALENTIA. La cobardía, en el fondo, es fruto de la inseguridad. El Espíritu nos aporta certidumbre en el combate de la fe, fortalece los muros de nuestra personalidad cristiana. ¿Te preocupa algo en este momento?
6. PENTECOSTES es ECLESIALIDAD. El Espíritu Santo nos reúne con su carisma, nos habilita para el bien, para la comunión fraterna. Nos hace estar en permanente guardia frente aquellos que intentan dividirnos. ¿Cómo ves a la Iglesia? ¿La amas de verdad?
7. PENTECOSTES es APERTURA. El Espíritu Santo nos guía por los caminos que conducen hacia Cristo. Abrirse al Espíritu es sentir curiosidad por las cosas de Dios, por la vida del Hijo, en la Gloria del Espíritu Santo. ¿Te acercas con frecuencia a la lectura de la Palabra de Dios?
8. PENTECOSTES es INTREPIDEZ. El Espíritu Santo nos capacita para dar testimonio de nuestra fe. Nos llama a la perfección, a la audacia y a la insistencia evangelizadora. ¿Estás comprometido en algún movimiento o tarea eclesial?
9. PENTECOSTES es DINAMISMO. El Espíritu Santo nos instala en los caminos de la vida. Es necesario que la Buena Noticia sea conocida, proclamada, vivida y escuchada. ¿Encontrará el Señor mensajeros de sus Palabras?
10. PENTECOSTES es MISION. El Espíritu Santo hace que nos interroguemos ¿Qué puedo hacer yo por Cristo? ¿Qué hago yo en su Iglesia? ¿Soy positivo en mi comunidad?  

 

viernes, 22 de marzo de 2013


Minipregón de Semana Santa
predicado, leído, meditado y…
ojalá que puesto en práctica en tu corazón y en tu vida.

Porque no hay un único cenáculo…
Vive esta Pascua del 2013 en tu hogar,
en tu parroquia,
en tu barrio, en tu trabajo…

al lado de Jesús.
Porque no hay un único
huerto de Getsemaní…
Siente y comparte la tristeza de Jesús;
acompáñale, vela, ora, no te duermas…
¡Te necesita a su lado!

Porque no hay un único
camino del Calvario…
Experimenta en tu corazón
el peso de la cruz
que hoy (no evoques el pasado)

sigue afligiendo a Jesús
en tantas y tantas personas que recorren
las vías dolorosas de nuestro mundo.

Porque no hay un único monte Gólgota…
Búscate entre la muchedumbre…
Acaso, ¿no te encuentras?
Pues sube a la cruz del malhechor

que reconoce su pecado
y pide a Jesús que no le tenga en el olvido.

Porque no hay un único sepulcro…
Custodia día y noche el silencio de Dios,
aunque de momento no lo entiendas…
¿No querrás perderte el acontecimiento más importante
en la vida de un cristiano, en tu vida?

Porque no hay un único camino de Emaús…
Descubre, camino del trabajo o de la facultad,
de tu barrio o de tu parroquia, a Jesús resucitado
caminando para siempre a tu lado.

Porque no hay una única Jerusalén…
Vive en tu localidad y en tu corazón un capítulo más
de la única Semana Santa que existe,
que comenzó hace más de dos mil años
y que tú, ahora, prosigues en tu vida,
pues Jesús, hoy, sigue muriendo y resucitando por ti…

                                                              J. M. de Palazuelo

 

 

viernes, 22 de febrero de 2013

CUARESMA:
UN PUEBLO QUE CAMINA
La Cuaresma es camino, es peregrinación: símbolo muy humano, nuestra vida es caminar. Pero es un símbolo bíblico muy fuerte. El pueblo de Dios era y es un pueblo peregrino, un pueblo que vive en esperanza. Jesús mismo se manifestó como Camino.
El antiguo pueblo de Dios caminó por el desierto durante cuarenta años para alcanzar la Tierra Prometida.
Moisés, para encontrarse con Dios, hubo de subir al monte Sinaí, donde permaneció cuarenta días.
Elías tuvo también su cita con Dios en el monte Horeb, al que llega después de cuarenta días de peregrinación. Un camino largo y costoso, porque se encontraba desarmado y despojado de todo, además de perseguido.
El pueblo cristiano también camina, especialmente en los cuarenta días cuaresmales, pero su meta no tiene que ver con la geografía o algún tipo de política O espiritualidad conquistadora. No quiere alcanzar la Tierra Prometida o la cumbre de un monte, quiere alcanzar a Cristo. Su objetivo está personalizado, es Cristo. Él es nuestra Tierra Prometida y nuestro monte encendido. «Vosotros no os habéis acercado a una realidad sensible (...) Os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial (...) y a Jesús, mediador de una nueva alianza» (Hb 12, 18. 22. 24).
Caminar hacia Jesús significa sintonizar con él. Alcanzar a Jesús significa comulgar con él, vivir en él, cristificarse (cf Flp 3, 10).
Pero ¿cómo puedo yo alcanzar a Cristo si él es un gigante y yo soy un enano, si él corre a la velocidad de la luz y yo como un gusano? Pablo te da la respuesta. Más que alcanzar tú a Cristo, lo que importa es que te dejes alcanzar por él. «Continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús» (Fil 3, 13). Dejarte alcanzar por Cristo es abrirte a él, escuchar su palabra, permitir que él te vaya moldeando a su manera, que sea tu Señor.
No te equivoques. La carrera es interior. Es en tu mayor intimidad donde ha de realizarse la conquista o el encuentro o la transformación.
LA CUARESMA PEREGRINA
«La Cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinación interior hacia Aquel que es la fuente de la misericordia» (Benedicto XVI).
Peregrinación interior. Es entrar dentro de nosotros mismos, nuestro castillo interior, pasando de profundidad en profundidad, hasta llegar al más profundo centro, donde Dios tiene su morada.
Nuestro problema es que vivimos muy extrovertidos, estamos constante e intensamente volcados hacia fuera. ¿Quién aguanta un silencio prolongado, un día sin televisión o sin radio? Nos atraen poderosamente las fiestas, los escaparates, las diversiones, las grandes superficies comerciales. Éstos son nuestros templos, nuestras peregrinaciones y diarios ejercicios. Nos pasa como a aquellos pozos de la parábola, preocupados obsesivamente por acumular cosas en el brocal, cosificados, y olvidados de su secreto interior, que les sonaba a hueco.
La Cuaresma es tiempo oportuno para ejercitarse en la interiorización. He aquí algunas pautas para el camino.
Si quieres hacer un buen viaje cuaresmal: Entra, calla, escucha, ora, cree, ama, adora.
Entra. Abre para ti mismo la puerta. Interioriza la ruta. La meta que buscas está dentro, muy dentro de ti. Llama a tu propia puerta. No vivas tanto tiempo fuera de ti.
Calla. Manda callar a los vientos y tempestades agitadas. Chillan tus sentidos todos, las imaginaciones locas, las curiosidades vanas, las emociones fuertes; gritan las insatisfacciones hondas, las del placer, las de la estima, las del cariño. Impón silencio general.
Escucha. No estás acostumbrado a la escucha. Abre los oídos de tu corazón. Tu verdadera riqueza es la palabra, la de Dios y la del hermano. Guárdala dentro de ti.
Ora. Con palabras y con silencios, con gritos y con murmullos, con lágrimas y con danzas. Pide y agradece. Levanta a Dios tus manos y tu corazón. Ten siempre tres lámparas encendidas.
Cree. Una fe más confiada y alegre. Pon tu vida en sus manos. Una fe más coherente y contagiosa. Déjate amar, déjate hacer.
Ama. Es cuestión de vida o muerte, mejor, de vida y muerte. El amor es vida, pero tienes que morir primero. Dile a Jesús que te ayude a morir, que te ayude a amar, como él. Es un maestro del amor, un capitán del querer. Dile a Jesús que te ame, para que tú puedas amar con su amor.
Adora. La adoración es un himno de amor y alabanza. Dejamos de vivir para nosotros, y nos dejamos llevar por el Espíritu. El inspira y alienta nuestra adoración, «un contacto boca a boca, un beso, un abrazo, un resumen de amor» (Benedicto XVI). Cristo mismo se hace en nosotros, bajo la dirección del Espíritu, canto de alabanza y adoración.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Adviento
en tiempo de crisis:
Cristo
nuestra esperanza
Crisis de esperanza. Perdón por la insisten­cia. Pero es en adviento cuando hemos de reconocerlo paladinamente y confrontar nuestra fe en la encarnación. La crisis actual es global. Afecta no sólo a la economía sino también al aire que respiramos y a la tierra que habitamos, a la cultura y a los valores, a las religiones y a la misma fe. Todos estamos implicados y afecta­dos; también la Iglesia, instituciones y personas individuales que la formamos. Uno de los rasgos en que se manifiesta es precisamente la depre­ciación de la esperanza que, como una nueva epidemia, va asentándose hasta en los que debe­rían ser "laboratorios de esperanza". Y percibimos que ni la Iglesia como institución ni cada uno de sus miembros estamos a la altura de la fe que profesamos ni somos un referente para los demás. El instinto de conservación, la búsqueda de seguridad, la pérdida de la alegría, la falta de confianza en el hombre lo delatan. Afectados por esta “fatiga de la esperanza" reaccionamos a la defensiva, nos aferramos a nuestras verdades poseídas, a nuestras formas consagradas, a nues­tros derechos adquiridos, sin capacidad para escuchar la llamada a la conversión y al testi­monio esperanzado.
Porque de esto se trata. En una sociedad necesitada de esperanza es donde los cristianos hemos de "dar razón de nuestra esperanza" (1 Pe 3,15) a nosotros mismos y a los hombres y mujeres con quienes compartimos esta situa­ción. No basta proclamar: "Cristo Jesús, Hijo del hombre, es nuestra esperanza" (1Tim 1); no vale decir: nosotros creemos en "el Dios de la esperanza", futuro del hombre y comprometido con su historia. La esperanza que brota de la fe en Cristo se aquilata "contra toda esperanza” en las vicisitudes más adversas, y donde la Iglesia está llamada a ser por vocación la "comuni­dad de la esperanza". Desde la perspectiva cris­tiana creer en Jesús es descubrir la esperanza última que anima la existencia humana: sólo la esperanza moviliza la fe y anima la vida desde dentro.
¿Cómo celebrar el adviento en tiempo de crisis? ¿Cómo mirar al mundo con ojos de espe­ranza'? ¿Cómo avivar la llama de la "pequeña esperanza" que se nos apaga? ¿Cómo construir la esperanza enraizados en Jesucristo que viene y vendrá`?
Las cuatro semanas de adviento, mediante círculos concéntricos, nos marcan el itinerario y nos acercan a la venida de "Cristo, nuestra esperanza”
§  El escenario del primer domingo es el universo mundo en su conjunto. Contemplar nuestro mundo desesperanzado: una parte de él desesperada y angustiada por acontecimientos trágicos “Se quedarán sin aliento por el miedo ante lo que se le viene encima al mundo”. Otra instalada en su indolencia y seguridad, autosatisfecha con el presente, ya no espera nada. “Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida, y la preocupación del dinero…” Para todos, la situación es una oportunidad: “Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza…, manteneos en pie ante el Hijo del hombre”. Encendemos la vela de la vigilancia.
§  El escenario del segundo domingo se centra en unas coordenadas históricas concretas. Aquellos nombres que encarnaban lo poderes en tiempos de Jesús tienen hoy sus correlativos. La voz del profeta llega desde los márgenes; su grito llama a la conversión: “Preparad el camino del Señor”, el camino del acercamiento y la igualdad ¿”Donde están los profetas” hoy?. Encendemos la vela de la igualdad.
§  El tercer domingo se acerca a los actores presentes; a nosotros mismos. “La gente preguntaba a Juan: entonces ¿qué hacemos? “¿Qué hacemos nosotros?” Todas las respuestas del precursor remiten a las relaciones con el prójimo, el otro en situación de debilidad. Compartir. Para preparar el camino todos seréis justos y solidarios. Encendemos la luz de la solidaridad.
§  El cuarto domingo se centra en unas mujeres con nombre propio: Isabel y María en estado de buena esperanza. Ambas colaboran activamente al advenimiento del Salvador: “¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” Encendemos la luz de la acogida.
[Homilética]

miércoles, 28 de noviembre de 2012

LENGUAJES Y FE
No somos pocos los que pensamos que nuestros actuales lenguajes de expresión y comunica­ción de la fe -lenguajes homiléti­cos, catequéticos, teológicos, ma­gisteriales... carecen en buena medida de fuerza significativa e im­plicativa.
La importancia de la crisis refe­rida, que contribuye a generar una crisis de significación de la Iglesia y hasta de la misma fe cristiana, nos obliga a situarnos ante ella con rea­lismo, tratando de descubrir sus causas y también encontrar algunas pautas o claves que nos permitan caminar hacia su superación.
1.- Nuestros lenguajes de comuni­cación de la fe padecen de la in­significancia que lleva consigo su intemporalidad, su falta de "hon­radez" con la realidad actual. Están, en efecto, poco conectados con las preocupaciones, pregun­tas, anhelos, gozos y sufrimientos de los seres humanos de este tiem­po nuestro, especialmente de los más pobres y excluidos.
Si esta primera deficiencia de nuestros lenguajes es cierta necesi­tamos lenguajes más "pegados" a la vida y realidad cotidiana, capaces de incorporar con mayor vigor y ri­gor los problemas reales de nues­tros contemporáneos, especialmen­te de las víctimas de la injusticia.
De tal exigencia surge ya una primera pauta o clave para superar la insignificancia de nuestros len­guajes: la clave del diálogo.
Hablamos de un diálogo multi­direccional con los distintos subsis­temas que configuran la realidad -el económico-social, el jurídico­-político y el ideológico cultural- y también de un diálogo interdiscipli­nar, ya que la complejidad de la rea­lidad, para ser convenientemente analizada, reclama la incorporación de saberes procedentes de los dis­tintos campos del saber humano.
2.- Nuestros lenguajes de comuni­cación de la fe son demasiado ro­tundos y dogmáticos, en ocasiones excesivamente pretenciosos e in­cluso arrogantes y hasta excluyen­tes, vinculados a la convicción de "poseer" la totalidad de la verdad.
Dios sólo puede ser buscado a tientas y por ello nuestros lenguajes de expresión y comuni­cación de la fe debe­rían ser analógicos, con recurso al uso del símbolo, siempre re­feridos a un "plus" posible de significa­ción, siempre insufi­cientes, conscientes que han de utilizar con más frecuencia la pregunta y la suge­rencia con el fin de estimular la búsqueda y la apropiación herme­néutica.
Parece decisivo tener en cuenta que necesitamos incorporar infor­mación procedente de otros campos del saber, es decir, información au­tónoma, no deducible directamente de la revelación. Tener conciencia de ello, señala Metz, demanda "una manera de hablar enteramente nue­va por parte de la Iglesia". Al des­cansar sus declaraciones en las re­feridas informaciones autónomas, no deberían presentarse "de una manera puramente doctrinal" y sur­giría entonces la necesidad de utili­zar lenguajes "contingentes e hi­potéticos", que reclamarían "una palabra de instrucción que no es ni discrecional o no-obligatoria ni tampoco doctrinal y dogmatizante".
Estas consideraciones nos si­túan ante otra pauta o clave que de he informar nuestros lenguajes: la pauta o clave de la humildad.
3.- Nuestras lenguajes de expre­sión y comunicación de la fe son muy conceptuales, orientados con exceso al indoctrinamiento, suma­mente teóricos y, por consiguiente, poco sapienciales e implicativos, escasamente fundamentados en la experiencia gozosa que proporcio­na la vivencia de la fe, poco capa­ces de fecundar la fidelidad cre­yente.
Necesitamos lenguajes existen­ciales y vivenciales, narrativos e im­plicativos, que sean capaces de trans­mitir y generar experiencias gozosas y personalizadas de la fe al situar a todos los que quieran oír ante la maravillosa oferta salvífica de Dios.
Podríamos entonces hablar de la pauta o clave sapiencial o testi­monial, es decir, la clave que pro­porciona la vivencia de la fe, la experiencia gozosa de su bondad y belleza.
4.- Nuestros lenguajes son muy apologéticos -es decir, preocupa­dos casi únicamente de "ganar adeptos para la propia cansa "~y, en consecuencia, de escasa uni­versalidad y ajenos a algunas de las exigencias más decisivas de lo que se ha convenido en lla­mar "giro pragmático" del len­guaje.
Hemos de caminar hacia len­guajes capaces de asumir -para ser así más verdaderos- esa universali­dad que los puede convertir en vehículos de humanidad al servicio de la causa de la justicia. Tienen que tener como referencia insoslayable, para no falsearse, el lenguaje evangélico del samaritano que nos permite hacernos prójimos, es decir, hermanos de todos los seres huma­nos y muy especialmente de los que están tirados en las cunetas de la historia, víctimas del sufrimiento que genera la injusticia. De esta manera podrían contribuir a poten­ciar un ecumenismo de alcance uni­versal forjado en tomo ala humani­dad sufriente.
Una nueva pauta o clave: la de la universalidad.
5.- Nuestros lenguajes de comuni­cación de la fe son difícilmente inteligibles por ser frecuentemente muy "eclesiásticos, estereotipa­dos, anquilosados, trasnochados e incluso crípticos.
Creo que debemos reconocer que nuestros lenguajes son, con fre­cuencia y a pesar nuestro, sectoria­les, cifrados, muy profesionales o técnicos y, en consecuencia, caren­tes de significación para la mayoría. Necesitamos lenguajes inteligibles, no rutinarios ni convencionales, al alcance de nuestros interlocutores, cercanos a su lenguaje cotidiano, elaborados pensando muy especial­mente en la gente más sencilla. Necesitamos, en suma, incorporar una nueva pauta o clave: la de la sencillez.
                                               Julio Lois

lunes, 29 de octubre de 2012


DEL HALLOWEEN
AL HOLYWEEN
Más santos
y menos espantos
                     Halloween tiene un origen pagano. Es una celebración atribuida a los celtas, llamada originalmente samaín, que, desde el siglo VI antes de Cristo, se celebraba a mitad del equinocio de verano y el solsticio de invierno con una serie de festividades que duraban una semana y terminaba con la fiesta de los muertos. Tenía como objetivo dar culto a los muertos y marcaba el fin del verano y de las cosechas cuando el colorido de los campos y el calor del sol desaparecían ante la llegada de los días de frío y oscuridad.
         Los celtas creían que, aquella noche, el dios de la muerte permitía a los muertos volver a la tierra y que los espíritus malignos, fantasmas y otros monstruos, salían libremente para aterrorizar a los hombres fomentando un ambiente de muerte y terror. Según la religión celta, las almas de algunos difuntos estaban atrapadas dentro de animales feroces y podían ser liberadas ofreciendo a los dioses sacrificios de toda índole, incluso sacrificios humanos.
         Para aplacar a los muertos y protegerse de ellos, se hacían grandes hogueras (cuyo origen estaba en rituales sagrados de la fiesta del Sol), les preparaban alimentos (se dejaba dulces o comida a la puerta de las casas) y se disfrazaban para tratar de asemejarse a ellos y así pasar desapercibidos a sus miradas amenazantes.
        Con la llegada del cristianismo, se estableció el primero de noviembre como Día de Todos los Santos y el 31 de octubre pasó a llamarse en inglés All Saints eve (víspera del Día de Todos los Santos) o también all Hallows eve y, más recientemente, Hallows eve, de donde derivó halloween. Hallow es palabra del inglés antiguo que significa santo o sagrado y que, como el moderno vocablo holy, proviene del germánico khailag.
       Muchas de las tradiciones de halloween se convirtieron en juegos infantiles que los inmigrantes irlandeses llevaron en el siglo XIX a los Estados Unidos y desde allí se han extendido, en las últimas décadas, por el mundo hispánico.
LA FESTIVIDAD CRISTIANA
        Desde el siglo IV la iglesia de Siria consagraba un día a festejar a Todos los mártires. Tres siglos más tarde, el Papa Bonifacio IV (+615) transformó un templo romano dedicado a todos los dioses (pantheón) en un templo cristiano dedicándolo a Todos los Santos. Gregorio III (+741) señaló el 1 de noviembre para celebrar su fiesta. Y Gregorio IV, en el año 840, ordenó que la fiesta se celebrara universalmente. Como fiesta mayor, tuvo su celebración vespertina en la vigilia para preparar la fiesta (31 de octubre), vigilia o tarde del día anterior a la fiesta de todos los Santos, que dentro de la cultura inglesa se llamó All Hallow's Even (Vigilia de todos los Santos). Con el tiempo su pronunciación fue cambiando para terminar en halloween.
      Por otra parte, ya desde el año 998, San Odilón, abad del monasterio de Cluny (en el sur de Francia) había añadido la celebración del 2 de noviembre, como una fiesta para orar por las almas de los fieles que habían fallecido, por lo que fue llamada fiesta de los Fieles Difuntos. Y así se ha celebrado durante siglos de diversas formas y maneras (incorporación de disfraces, danza de la muerte, ocultación bajo máscaras para pedir comida [los protestantes a los católicos]). Los irlandeses lo llevaron a Estados Unidos y desde allí ha regresado banalizado y arrasador .
DE HALLOWEEN A HOLYWEEN
        A raíz de la proliferación de celebraciones al estilo norteamericano y como reacción a ellas, desde hace unos años los periódicos van dando noticia de diversas iniciativas católicas para explicar y recuperar el significado religioso de la festividad de los difuntos.
       El proyecto italiano de nueva evangelización Centinelas del Mañana iniciaron en 2007 una iniciativa por la que intentaban convertir la fiesta pagana de Halloween en una fiesta religiosa de Holyween: una noche dedicada a los Santos en vez de a los monstruos de nuestros miedos más oscuros. Para ello invitaban a colgar en las ventanas y balcones imágenes de santos sonrientes como mensaje de paz y de luz que alumbra en la oscuridad y en las tinieblas. Y así se oponían a secundar una fiesta importada y privada de valores significativos para nuestros jóvenes. E incluso hacían una propuesta alternativa, válida para todos, incluso los no creyentes: sustituir a los santos por personajes que han contribuido al bien de la humanidad, como Gandhi o Martin Luther King...
          La Iglesia católica británica hizo un llamamiento a los niños a disfrazarse de santos en lugar de hacerlo de brujos o diablos: san Jorge, santa Lucía, san Francisco de Asís o santa María Magdalena podrían ser elecciones muy populares para los niños. Los pequeños deberían recortar las típicas calabazas para convertirlas en rostros sonrientes y pintarse cruces en la frente en lugar de ennegrecer o blanquear sus rostros o utilizar máscaras que infundan miedo. E invitaban a los adultos a poner luces en las ventanas de sus casas para indicar que Cristo es la luz de todos nosotros. Los obispos sugerían otras propuestas como hacer una vigilia de oración, acudir a misa, llevar una prenda de color blanco y, en el caso de los menores, además de disfrazarse de santos, fabricar velas, cocinar galletas u organizar juegos y, así, recordar el verdadero significado de Halloween (víspera de Todos los Santos), que es ahora la mayor fiesta comercial después de Navidades.
         La Iglesia católica española se sumó a la iniciativa de la británica e invitó a los niños a que se disfrazaran de santos, como 'estímulo' para su vida cristiana. Un año antes, los obispos alertaban de la expansión de esta fiesta, que no es una fiesta inocente porque tiene un trasfondo de ocultismo y de anticristianismo